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Monthly Archives: julio 2013

Primer “relato”, si se le puede llamar así, para el taller de escritura de Be Literature.

Las aldeas eran cada vez más frecuentes con la cercanía de la capital. También eran más grandes y más prósperas que las primeras aldeas fronterizas, pobres y aisladas que habían pasado. Sin embargo, el recibimiento era el mismo: los recibían en la entrada con aplausos, les ofrecían comida y bebida. Sin embargo, una vez lo habían aceptado, los aldeanos corrían a sus casas y cerraban puertas y ventanas hasta que la comitiva pasaba. No temían a la guardia, los guerreros más fuertes y valientes seleccionados por el mismísimo rey.

No; lo que temían era la joven encadenada que les seguía unos metros más atrás.

Parecía una joven inofensiva. Cuando la habían capturado, con insultante facilidad, había caminado altivamente tras ellos, a pesar del dolor que las cadenas le causaban y de la humillación sufrida. Había disfrutado acercándose a ellos para ver el miedo en sus ojos, un temor tan grande que ni siquiera la poción que el hechicero del reino les había preparado podía ocultarlo. El brebaje les había dado fuerza y les permitía, a ellos y a los caballos, avanzar y avanzar sin necesidad de detenerse para comer o descansar. Sin embargo, la joven se había cansado pronto. Los golpes que recibía en respuesta no eran tan físicamente dolorosos como ellos querían creer, `pero sí herían su orgullo. Su raza siempre había sido orgullosa, orgullosa y confiada. Pero su confianza se había desvanecido ya. Aquellos guerreros estaban mejor informados de lo que ella pensaba.  Habían evitado todos los bosques, a pesar del rodeo que ello suponía, y sin bosques su gente no podría ayudarla.

El extraño vestido tricolor que llevaba estaba ahora roto y sucio, al igual que su rostro, sus brazos y sus piernas, antes blancas como porcelana. Su cabello negro, antes suave y brillante, estaba sucio, sin vida. Lo único que no había cambiado eran sus ojos, de un azul tan intenso y claro como el hielo. Y, si alguien se hubiera molestado en contemplar aquellos hermosos ojos, habría visto la tristeza y el dolor en ellos.

Pero a nadie le interesaba.

A lo lejos, la joven atisbó un bosque y su corazón se animó un tanto. Sabía que nadie la rescataría ya, estaban demasiado cerca de la capital y todos habían hecho el mismo juramento: no volverían a los bosques que rodeaban la capital bajo ninguna circunstancia. Su tiempo ya había pasado y debían trasladarse, iniciar una nueva vida en otro lugar. Ese bosque ya no era su hogar, pero al menos ella podría contemplarlo una última vez antes de morir.

En cuanto la joven traspasó la primera línea de árboles, un sonido extraño se extendió por el bosque, acercándose hacia ellos con tanta rapidez que nunca tuvieron la más mínima posibilidad.  Uno a uno, los guardias fueron cayendo y las pesadas cadenas que rodeaban las muñecas y los tobillos de la joven se rompieron. La muchacha alzó la vista para contemplar a un joven con la misma apariencia que ella había tenido al empezar aquel viaje. Ropajes tricolores, cabello negro y ojos azules como el hielo. Pero en los ojos de él no había tristeza ni dolor, tan sólo rabia. La joven se abalanzó sobre él, que la abrazó con fuerza. Al poco, ella fue quien primero se separó de él y echó a correr, seguida por él. Pronto,  sin embargo, el sonido de las pisadas de ambos cambiaron al convertirse en lo que siempre habían sido y lo nunca debieron dejar de ser: dos grandes lobos, blancos como la nieve, grises como el humo y negros como la noche.

Dejaron atrás a los guardias, evitaron todas las aldeas y abandonaron el reino en el que habían vivido en paz durante milenios hasta que la única persona que había confiado en ellos y les había ayudado a tomar aspecto humano había muerto a manos de un rey ebrio de poder que no quería perder el control del reino y la había asesinado para evitar que se descubrieran los crímenes que cometía cada luna llena.

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