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Monthly Archives: abril 2012

Está en el centro de la plaza. Se gira y busca algo con la mirada cada pocos segundos. Su rostro es una mezcla de nerviosismo, miedo y expectación. Lleva el cabello pelirrojo recogido en dos trenzas, pero algunos mechones de pelo se han soltado y adornan su rostro con reflejos de fuego. Tiene el móvil entre las manos y lo mira de vez en cuando, a pesar de que sabe que, si suena, notará la vibración aunque no oiga la música entre el ruido del gentío que la rodea.

Vuelve a girarse y sujeta con más fuerza el móvil. Cada segundo que pasa es un segundo menos. Su piel pálida está ahora teñida de un suave color rosa. Sus ojos verdes, más brillantes de lo normal.

Recorre la multitud con  la mirada una vez más y, de pronto, su mirada queda congelada en un punto, su cuerpo inmóvil. El latido de su corazón, ya acelerado, aumenta su ritmo.

Le ha visto.

Un joven se ha detenido entre la multitud, mirándola. La brisa juguetea con su cabello negro, pero los ojos, tan verdes y brillantes como los de ella, están fijos y decididos. Una sonrisa un tanto pícara cruza su rostro. Parece que lleva ya un rato observándola. Ella no se mueve y la sonrisa de él se hace amplía. Empieza a avanzar hacia ella.

Se detiene a sólo un paso de distancia, aún sonriendo. Ella alza la mirada para encontrarse con sus ojos. La respiración de ella se acelera. Ha pasado mucho tiempo y todos los sentimientos y los recuerdos vuelven una vez más. Él ha crecido. Ella también.

Ninguno de los dos dice nada y un destello diferente cruza los ojos de él, aunque ella no puede descifrarlo. Entonces, de pronto, él coge una de sus manos y hace una pequeña reverencia, como si él fuera un caballero y ella una dama. Cuando se yergue, acerca la mano de ella a su rostro y le da un suave beso sin apartar sus ojos de los de la joven.

La tensión en el cuerpo de la joven desaparece al mismo tiempo que una sonrisa se extiende por su rostro ante la familiar situación. Ella da un paso hacia delante, eliminando la distancia entre ambos al tiempo que desliza su mano fuera de la de él y abre los brazos para envolverle en un abrazo. Él corresponde a su abrazo, con suavidad pero con firmeza, y un suspiro escapa de los labios de ambos, que se relajan en los brazos del otro.

La multitud continúa con su caótico orden, pero no les importa, porque ellos, por fin, están en casa.